martes, 16 de febrero de 2016

El Síndrome de Burnout

El Síndrome de Burnout (también llamado simplemente "Burnout" o "síndrome del trabajador quemado") es un tipo de estrés laboral  conocido como crónico
Esta patología, fue descrita por primera vez en 1969 y al principio se denominó "staff burnout", para referirse al extraño comportamiento que presentaban algunos oficiales de policía de aquella época. Posteriormente, en la década de los 70, se acuñó el término que conocemos hoy en día. En 1986, las psicólogas norteamericanas C. Maslach y S. Jackson definieron el Síndrome de Burnout como "un síndrome de cansancio emocional, despersonalización, y una menor realización personal, que se da en aquellos individuos que trabajan en contacto con clientes y usuarios 
El síndrome de Burnout (del inglés "burn-out": consumirse o agotarse) se caracteriza por un progresivo agotamiento físico y mental, una falta de motivación absoluta por las tareas realizadas, y en especial, por importantes cambios de comportamiento en quienes lo padecen. Éste cambio de actitud, relacionado generalmente con "malos modales" hacia los demás o con un trato desagradable, es una de las características clave para identificar un caso de Burnout.
Este síndrome suele darse con mayor frecuencia en aquellos puestos de trabajo relacionados con atención a terceros, como docentes, personal sanitario o personas que trabajan en atención al cliente y puede llegar a ser motivo de baja laboral, ya que llega un momento en que el empleado se encuentra física y mentalmente incapacitado para desarrollar su trabajo.
Fuente
estreslaboral.info

Síndrome de burnout: definición

El síndrome de burnout es un padecimiento que se presenta  ante la presencia de una respuesta prolongada de estrés en el organismo,  ante  factores estresantes emocionales e interpersonales que se presentan en ciertos  trabajos, que incluye fatiga crónica,  ineficacia y negación de lo ocurrido.
El síndrome de burnout también es llamado: 
síndrome de desgaste profesional
síndrome de desgaste ocupacional(SDO), 
síndrome del trabajador desgastado
síndrome del trabajador consumido
síndrome de quemarse por el trabajo
síndrome de la cabeza quemada.





Como afrontar emocionalmente que tu familiar no te reconozca

Cuando nuestro Familiar no nos reconoce a causa del estado avanzado del Alzheimer ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo enfrentar esta dificultad? 
Maria Espinosa,  psicóloga experta en Tercera Edad, nos explica por qué el afecto familiar es crucial en esta situación
En la actualidad, todo el mundo ha oído hablar de la enfermedad de Alzheimer.. Se sabe que se trata de una enfermedad que afecta a la memoria y que produce un deterioro en la vida de la persona muy grave en algunos casos. Pero, ¿Qué ocurre cuando nos afecta a nosotros de cerca? ¿Qué sucede cuando hay un familiar cercano al que han diagnosticado la enfermedad de Alzheimer?
Es entonces cuando nuestra perspectiva cambia y nos empezamos a plantear la enfermedad desde otro punto de vista. Suele ser entonces, cuando la mayoría de las familias deciden volcarse por esta enfermedad para conocer sus síntomas, su evolución y el tratamiento que hay que seguir. Aunque muchas veces la información que se proporciona es bien poca.
Cuando a una persona le dan el diagnóstico de que su familiar padece la enfermedad de Alzheimer, lo primero que conviene hacer es informarse bien sobre lo que es esta enfermedad realmente.  No será suficiente con atribuirlo simplemente a un problema de memoria. Esta enfermedad conlleva consigo mucho más, que debemos conocer para poder ayudar a nuestro familiar de la mejor manera posible. De esta manera, podremos mejorar la calidad de vida del enfermo y conseguiremos causar un daño mucho menor a los  familiares.
¿Qué hacer cuando mi familiar ya no me reconoce?
Cuando su familiar ya no le reconozca, probablemente se encuentre en una fase más avanzada de la enfermedad donde uno de los síntomas más característicos es que el enfermo ya no reconoce caras familiares. En este momento,  será importante tener en cuenta que su familiar ya no sabe establecer la relación que existe entre las personas que le rodean. Pero sí hay algo que puede reconocer, que va a depender de nosotros y es que se siga manteniendo el vínculo emocional para que sí que nos reconozca como personas cercanas. En esta fase de la enfermedad, será importante que le brindemos los cuidados necesarios,  pero también será igual de importante que nuestro familiar siga recibiendo todo el afecto por nuestra parte.
Muchas familias pueden pensar que ya no es necesario proporcionarle afecto o cariño, porque no va a servir para nada y más tarde ni siquiera lo va a recordar. Pero lo cierto es que darle los cuidados que necesita, además de apoyo y cariño pueden mejorar mucho su bienestar y los síntomas que presenta el enfermo pueden ser incluso menos acusados. Ellos sí que suelen recordar cómo se sienten cuando ven el rostro de una persona que les quiere.
La enfermedad va cambiando y nosotros debemos decidir si queremos ser partícipes de ella. Si decidimos serlo,  tendremos mucho que aportar, sobretodo porque nuestro familiar nos necesita.
Si no podemos hacer frente a todos sus cuidados, deberíamos pedir ayuda profesional. Lo que sí que está en nuestras manos es seguir brindándole nuestro apoyo y cariño porque va a contribuir a que el proceso de cambio durante el transcurso de la enfermedad sea mucho mejor.
Una manera de asimilar que nuestro familiar ya no nos reconoce es aceptándolo, para ello es recomendable ser conscientes de la pérdida de ese vínculo que teníamos con él y hacer frente a una nueva relación que puede convertirse en muy positiva y enriquecedora para ambos, tanto para el enfermo como para el familiar.
Es normal que sintamos dolor ante la situación de que nuestro familiar no nos reconozca. Para asimilar mejor esa pérdida del vínculo emocional una buena forma es hablando de ello con personas que nos escuchen y entiendan, ya que muchas veces no es sencillo entender y expresar lo que se siente.
Si finalmente nos damos cuenta de que el dolor que sentíamos en un principio no cambia y acaba convirtiéndose en sufrimiento, sería recomendable asistir a un psicólogo que nos ayude a superar este duelo que conlleva la perdida de identidad de nuestro ser querido.
Otra alternativa, es acudir a alguna asociación para familiares de Alzheimer  donde se puede asistir a terapias de grupo con personas en su misma situación que están dirigidas por psicólogos. Estos grupos  pueden ser de mucha ayuda, ya que pueden encontrar un lugar donde son escuchados y comprendidos, donde además pueden conocer otros casos parecidos de los que aprender. Pero sobretodo les va a ayudar a aceptar que su familiar es un enfermo de Alzheimer y que ya no va a ser la persona que era pero sí que va a seguir sintiendo como siempre.
Cuando hablamos de esta enfermedad deberíamos tener siempre en cuenta que: “El Alzheimer es una enfermedad que afecta al cerebro de los pacientes y al corazón de las familias”.

Fuente Infoelder
Escrito por:
María Espinosa JordánPsicóloga. Especialista en tercera edad.

El Síndrome del Nido Vacío: un silencio inusual en el hogar


El síndrome del Nido Vacío afecta a personas adultas, alrededor de los 50 años, cuando sus hijos dejan el hogar. Es similar al vacío que pueden sentir los cuidadores familiares cuando la persona mayor con la que compartían mucho tiempo finaliza su vida. Los retos emocionales entre los padres que sufren este síndrome y los cuidadores familiares de personas mayores son similares. La Psicogerontóloga Olga Sanz Lucas  nos explica este tema.
¿En qué consiste el síndrome del Nido Vacío y quienes lo padecen?: Para algunos padres, el momento de la emancipación del último hijo que vivía en el domicilio familiar es uno de los momentos de mayor vulnerabilidad, de mayor fragilidad desde el punto de vista psicológico, se pueden presentar desajustes emocionales y se plantea un período muy difícil para aquellas personas que han construido su proyecto vital sobre la base de una familia.
Los sentimientos que se desarrollan corresponden a una desadaptación, un mal afrontamiento de una situación social actual y que puede etiquetarse como un trastorno afectivo enmascarado, de características depresivas donde reinan los sentimientos de tristeza y de pérdida.
Las personas que lo padecen muchas veces no son conscientes de lo que les pasa y acuden a la consulta del médico por dolencias físicas, aunque suelen delatarse con expresiones como: “la casa está vacía“, “me falta algo“, “hay un silencio deshabitual“, etc.
El ser consciente de la situación es ya un paso hacia la adopción de medidas correctoras que supongan el correcto afrontamiento de la situación. Aunque suele decirse que es la mujer quien más lo padece, pues muchas han dedicado su vida en exclusividad a la maternidad y a la crianza de sus hijos, existen por supuesto multitud de casos, por diferentes motivos, en los que es el padre el más afectado.
¿Cuáles son los síntomas más frecuentes?: Para muchas personas mayores el alejamiento de los hijos al independizarse les hace reflexionar sobre su lugar propio en este mundo y sobre la validez de su aspiración vital. Es lo mismo que puede ocurrir a aquellas personas que se dedican a cuidar a un enfermo (familiar, padre o hermano) durante toda su vida y el día que éste fallece deja un vacío total en la existencia de su cuidador.
  1. El mayor tiempo libre con el que cuenta la persona en la nueva situación es vivido desde la anhedonia (incapacidad de disfrute) y desde la carencia de un papel sustitutivo inmediato que hace que aparezcan sentimientos de inutilidad.
  2. La persona que queda sola en el domicilio familiar experimenta sentimientos de soledad, una percepción súbita del paso de los años y la obligatoriedad de recuperar un papel de pareja que probablemente no se ha trabajado durante muchos años.
  3. Otro síntoma importante es la apatía, pues la persona que se queda en el domicilio familiar no se siente con ganas de comenzar ninguna nueva actividad ni se siente capaz de resolver situaciones.
  4. A menudo puede ocurrir que los padres den la sensación de querer inquietar a los hijos que se han marchado del hogar, creando una preocupación en ellos que es sin duda un reclamo de atención.
¿Qué se puede hacer para afrontar este tipo de sentimiento de vacío?: Una buena consigna en este sentido sería intentar visualizar la nueva situación, en lugar de cómo una pérdida, como un periodo de creciente libertad y posibilidad de autodesarrollo.
Además será bueno asumir que la relación entre los padres y los hijos que se han marchado de casa se convierte ahora en una relación entre adultos que puede resultar muy gratificante, aunque diferente al tipo de relación padres-hijos que han venido manteniendo durante los años de convivencia, pero igualmente sana y llena de respeto y cariño.
Para los padres que quedan en el domicilio familiar, éste sería un buen momento para realizar actividades que quedaron relegadas durante tantos años al priorizar el cuidado de los hijos. Ahora pueden aprender algo nuevo, dedicarse a un hobby, viajar, etc., dentro de las preferencias y posibilidades de cada persona. Es el momento de disfrutar quizás de mayor libertad en muchos sentidos y de asumir menos responsabilidades.
También es momento de recuperar las actividades en pareja que se han ido progresivamente dejando en un segundo plano a favor de los hijos. Muchos matrimonios aseguran sorprendidos que la relación entre ellos ha mejorado desde que se han quedado solos en el hogar familiar, pues no les ha resultado difícil recuperar lo que tuvieron en su momento, tiempo para disfrutar de la vida y de pasar tiempo en pareja.
Esto es lógico desde el punto de vista de que el nacimiento y la crianza de un hijo, aunque sin duda llena de satisfacción a la pareja, también añade estrés a la relación, al verse limitado el tiempo diario a las responsabilidades familiares y al ritmo frenético de las tareas domésticas, unido a las limitaciones económicas inevitables.
Una vez solos los padres, con mas tiempo para el dialogo y para ellos mismos, es posible una mejora en la cantidad y en la calidad del tiempo compartido. Resulta muy positivo que intercambien entre ellos sus pensamientos, pues verán que los sentimientos de soledad y de vacío que puede sentir cada uno de ellos se llevan mejor si son puestos en común y comentados con su pareja.
¿Cuál es el enfoque más optimista para afrontar la marcha del hogar de los hijos?: En primer lugar, considero fundamental el hecho de que los padres se sientan orgullosos de la marcha del hogar familiar por parte de los hijos. Hoy en día y debido a múltiples factores, en su mayoría económicos y laborales, los jóvenes se encuentran con especiales dificultades a la hora de lograr una independencia del hogar familiar.
Los años de formación se amplían cada vez mas y progresivamente se tiende a una mayor exigencia por parte del mercado laboral, que en sus bolsas de trabajo solicitan ya de manera casi imprescindible el hecho de poseer una licenciatura, un master, hablar algún idioma además del nativo, poseer conocimientos de informática y además haber adquirido una experiencia laboral.
Parece sencillo de hacer, pero en realidad esto supone años y años de estudio y de esfuerzo económico por parte de la familia, pues los estudios superiores y de posgrado no resultan en absoluto asequibles para la mayoría de los estudiantes.
Así pues, ¿no resulta enormemente gratificante para una madre ver como su hijo ha adquirido la estabilidad necesaria como para independizarse? ¿No debe sentirse un padre orgulloso al ver a su hijo enfrentarse a la vida con los recursos que el mismo le ha podido proporcionar?
La vida es una sucesión de etapas y la emancipación de los hijos es una de las que mas se puede disfrutar si se observa desde un prisma positivo. Los hijos siempre van a necesitar a sus padres, buscarán su experiencia en forma de enseñanzas y de consejos, su cariño, su ayuda diaria, buscarán que sus padres les resuelvan tantas dudas que surgen cuando uno abandona el nido por primera vez…
Y para los padres que permanecen en el hogar familiar, tener la mente siempre activa y positiva, comenzar esas actividades que tantos años se han ido posponiendo, disfrutar de la pareja, de la tranquilidad, de viajar, del tiempo para uno mismo y para ayudar a otros que lo necesiten, pues esto ultimo es lo más gratificante del mundo…
Escrito por:
OLGA SANZ LUCAS
Psicogerontóloga
publicado en Infoelder  el 27 junio, 2012

Proceso del duelo

El Proceso del Duelo: Etapas hacia la Superación de una Pérdida

 ¿Qué es el proceso del duelos y cuáles son sus diferentes etapas? La psicogerontóloga   Olgfa Sanz Lucas nos ayuda a contestar estas preguntas y nos muestra cómo la comprensión de este proceso nos ayuda a superar y entender la pérdida de un ser querido.
Cuando recibimos la noticia de que alguien muy cercano a nosotros acaba de fallecer, se disparan multitud de sentimientos y emociones, muchas de ellas a veces contradictorias y ocurre que debido al impacto de la noticia, esas emociones se confunden entre si y nos confunden a nosotros mismos, haciendo que el dolor sea extremo. La certeza de saber que no volveremos a hablar con esa persona nos hace sentir un profundo pesar, nos hacemos preguntas sin sentido y tratamos de encontrar respuestas en vano.
Como todas las emociones, las que surgen a raíz de un fallecimiento también son cambiantes y se puede trabajar en ellas para evitar que destruyan por completo nuestro día a día. El dolor ocasionado por la separación siempre va a estar ahí, de eso no hay duda, pero se trata de ajustar esa pieza llamada dolor y encajarla de una manera más saludable en el puzzle de nuestra vida.
El proceso en el que estas emociones van evolucionando se llama “proceso de duelo” y existen numerosas investigaciones sobre cómo funciona dicho proceso en el ser humano. Evidentemente no supone un esquema rígido e inequívoco, sino que es mas bien una sucesión de fases por las que la persona suele ir pasando cuando su organismo trata de adaptarse a la nueva circunstancia.
Se habla de elaboración del duelo cuando ya se acepta la pérdida como algo natural y el recordar no causa un dolor extremo. El expresar abiertamente la pena que se siente resulta algo positivo y deseable y supone una buena salida psicológica en términos de la elaboración del proceso de duelo. Como todo proceso, el duelo cursa diferentes etapas y en general, la mayoría de los estudios coinciden en que el duelo se desarrolla en cuatro etapas dinámicas:
1. “Incredulidad, impacto, perplejidad o Shock”: Esta etapa se inicia cuando nos enfrentamos por primera vez a la noticia de la muerte. La sensación de desconcierto es profunda. Puede prolongarse desde minutos, días y hasta seis meses. La persona que acaba de recibir la información se intenta defender del impacto de la noticia, se enfrenta a una realidad que no logra comprender y que capta toda su atención, por lo que el consuelo de los demás, en este momento, no será bien recibido en general. Experimenta sentimientos de pena y dolor, incredulidad y confusión. También es común presentar en esta fase trastornos del apetito por defecto o por exceso, así como nauseas e insomnio.
Es una fase de negación, confusión absoluta, la persona se siente paralizada y tiene el deseo de salir corriendo hacia un lugar donde esto no esté pasando, cree en la fantasía de despertar y que todo haya sido un sueño. Es la propia persona que está sufriendo el dolor por la pérdida quien debe verificar y confrontar la realidad. No debemos sobre-proteger a esa persona y dárselo todo hecho, pero no hay que forzarle a realizar actividades que no quiere realizar, ni tampoco hay que dejarle en un reposo absoluto por un tiempo prolongado. Cuanto menos dure esta etapa, más saludable será el duelo.
Para ayudar a una persona que se encuentra en este primer momento podemos intentar que tome pequeñas decisiones y que se involucre en conversaciones. Se trata de colaborar, en la medida de la posible, en que la persona salga progresivamente del shock en el que se encuentra inmersa y comience a ver la realidad a la que debe enfrentarse.
2. “Rabia y Culpa”: Es común que la persona sienta una angustia intensa, acompañada de un desorden emocional. La muerte ya ha sido aceptada como un hecho real. Comienza un proceso de búsqueda de quien ya no está y se empiezan a expresar los sentimientos. La persona que sufre, en este momento, suele realizar grandes esfuerzos por tomar contacto con el fallecido pues la añoranza está muy presente.
A menudo ocurre que los sentimientos que se desencadenan no son de naturaleza positiva, pues se siente culpa por no haber pasado más tiempo con la persona que se ha ido, por no haber hablado con ella de algo en concreto, por no haberse despedido de una forma más íntima, etc. En esta fase es muy importante que se hable mucho con la persona en duelo , fomentar que se exprese y se desahogue, que se le facilite la palabra para que veamos cómo se siente y qué cosas necesita decir.
En terapia de duelo se utiliza mucho el recurso de invitar a la persona a escribir una carta dirigida a su ser querido que ya no está, una carta en la que abra su corazón y detalle sus sentimientos, diga todo lo que le hubiera gustado decir, se disculpe por las cosas que quedaron pendientes en caso de que existan y recuerde los acontecimientos mas bonitos que vivió junto a ella.
3. “Desorganización del Mundo, Desesperación y Retraimiento”: Se le llama la etapa de verdadera tristeza. Esta etapa, en muchos casos, puede durar hasta dos años. Se intensifica la pena y el llanto. Surgen los sentimientos de culpabilidad, resentimiento, soledad, añoranza y auto reproche. El resentimiento impide la re-adaptación a la nueva realidad y se tienen comportamientos o conductas no meditadas.
Es habitual en estos momentos del proceso de duelo soñar con el fallecido, retirarse socialmente, los suspiros constantes, la hiper actividad y algunas conductas como frecuentar los mismos lugares que visitaba la persona fallecida. Se perciben sensaciones físicas, como el estómago vacío, hipersensibilidad a los ruidos, vivencias de despersonalización, sensación de ahogo y cansancio. También ocurren pensamientos de preocupación, presencia del fallecido, alucinaciones visuales y auditivas, los sentimientos de indefensión se vuelven más intensos.
4. Reestructuración del mundo, Reorganización y Aceptación”. La re-estructuración puede durar incluso algunos años. La persona toma conciencia de la pérdida, acepta el vacío y lo incorpora como una ausencia presente. Reaparece la paz y el sentido de vivir y se atenúan las emociones y sentimientos. Vuelve a sentir la calidez de quienes le rodean. Comienza a tener una visión más realista del ser perdido, sin idealizar tanto ni tener tan presentes los recuerdos que implican culpa o reproches. Tiene como consecuencia el establecimiento de nuevas relaciones.
¿Cuál es el tratamiento para avanzar en el proceso e intentar superar la pérdida de un ser querido?: El tratamiento no consiste en una sucesión de etapas estáticas por las que pasa la persona de forma pasiva y que simplemente van sucediendo y sobre las que no se tiene ningún control, sino que existen una serie de tareas que las personas deben esforzarse en acabar y para lo que la ayuda psicológica puede ser de gran utilidad.
Es decir, el proceso de duelo posee tareas, las cuales deben llevarse a buen término para desencadenar una buena elaboración de éste:
- Se debe aceptar primero la realidad de la pérdida, intentar salir del shock inicial, hacernos las preguntas del tipo “¿ha ocurrido de verdad?”, “¿por qué a mí?” hasta que dejen de tener sentido para nosotros.
- Luego hay que trabajar las emociones y expresar el dolor profundo, experimentar en el mas amplio sentido las emociones vinculadas a la pérdida, identificar las emociones que siento: he tenido una pérdida, “¿Qué siento? ¿Estoy triste? ¿Por qué estoy triste exactamente? “… o quizás me siento culpable por algo”. Se trata de dedicar tiempo al dialogo interior.
Muchas personas que se enfrentan a una pérdida lo que hacen es enseguida tratar de retomar su vida con toda la intensidad de antes, ocultan sus sentimientos incluso a si mismos y se activan en exceso para continuar como si nada hubiese ocurrido y esto es un error. Debemos dedicar tiempo a permanecer en silencio y explorar nuestro interior, tratando de dar salida a esas emociones que están en nosotros.
Después hay que intentar ajustarse al medio que nos rodea sin la persona que ya no está, en el sentido de construir una nueva vida estable y satisfactoria, debemos intentar volver a valernos por nosotros mismos, igual que hacíamos antes.
Finalmente hay que esforzarse en crear y establecer nuevas relaciones, trabajar en recuperar la capacidad de trazar nuevos vínculos, profundos y satisfactorios. No consiste en “renunciar” ni “olvidar” al fallecido, significa encontrar un lugar para él en nuestra vida emocional, que nos permita seguir viviendo de manera eficaz en el mundo.
Los duelos patológicos se producen cuando las tareas del proceso no han sido vividas y finalizadas, cuando el modo de afrontamiento de una persona consiste en “hacer como si nada hubiera pasado”, “esforzarme en olvidar cuanto antes” de un día para otro y comportarse con absoluta normalidad desde el día siguiente, pues bien, desde un punto de visto psicológico este “modus operandi” no resulta saludable en absoluto y lo que nos encontramos en terapia a menudo es a personas que, habiendo pasado años desde que sufrieron una perdida importante, de repente relatan que están sintiendo que en su vida algo no encaja, que tienen llantos espontáneos e intensos y una sensación de vacío enorme, ansiedad y problemas de alimentación y sueño.
Estas personas necesitan dar salida a esas emociones aunque sea años después, los duelos patológicos se pueden tratar también y evitar o minimizar que la persona viva con esa carga emocional tan fuerte y tan arraigada.

fuente Infoelder
Escrito por:
OLGA SANZ LUCASPsicogerontóloga
Psicóloga colegiada Nº M-22656

Sugerencias para sobrellevar y enfrentar la situación del Alzheimer

Para sobrellevar esta nueva situación y afrontarla de la mejor manera posible  propongo varios consejos:
•    Los sentimientos de tristeza son normales y comprensibles, no significa ser débil ni debemos sentirnos culpables por ello. No sirve de nada intentar olvidar o no sentir, porque las emociones siguen ahí y tarde o temprano van a salir, quizás de una mala manera. Es importante compartir sentimientos y pensamientos, tanto positivos como negativos y no acumular dentro, sino facilitar el desahogo. Si nos guardamos todo, es un efecto “olla a presión” que tarde o temprano va a explotar de una manera poco deseada, con síntomas psicosomáticos (sarpullidos, vómitos, úlceras, diarrea, dolor de cabeza, depresión, ansiedad).

•    Centrarnos en lo que podemos hacer, y no pensar demasiado en lo negativo, en lo que no podemos hacer ni está en nuestra mano.

•    La falta de sueño suele ser un problema frecuente en los cuidadores debido a la intranquilidad de si estará bien el familiar o si necesita atenciones nocturnas. Sin embargo, no debemos descuidar nuestras horas de descanso.

•    Evitar el aislamiento, manteniendo las relaciones sociales con familiares y amigos, realizando actividades que nos gustan.

•    Cuidar la alimentación comiendo de forma variada: cereales, verduras y frutas, productos lácteos, carnes y pescados.

•    Establecer rutinas diarias es muy necesario para un enfermo de Alzheimer  ya que simplifica la vida diaria, organiza y evita una toma constante de decisiones.

•    Es importantísimo pedir ayuda, no debemos intentar abarcar en la totalidad el cuidado de nuestro familiar ni ser “super-cuidadores”. Debemos aceptar que cada uno tiene sus limitaciones. Ésta ayuda puede ir desde un familiar o vecino, una persona contratada para el cuidado, hasta un profesional de la psicología o una asociación de familiares de enfermos de Alzheimer, que nos ayudarán a encontrar una gran tranquilidad y comprensión.
•    Aceptar a nuestro familiar tal y como es, no tal y como era, ni tal y como debería ser.
Y sobre todo, conserva el sentido del humor, ya que la risa nos ayuda a relajarnos y liberar tensiones, consiguiendo una sensación de bienestar.

Alzheimer: Adaptándonos a una nueva situación

El Alzheimer demanda adaptación

El afectado, su cuidador principal y su entorno necesitan adaptarse a los cambios que esta enfermedad implica. La experta Cristina Pérez colaboradora experta en InfoElder, nos brinda una serie de consejos para adaptarnos a esta nueva situación.
El Alzheimer  es una enfermedad que afecta a cerca de 650.000 personas en España. Quienes se ocupan de su cuidado y bienestar suelen ser familiares cercanos, como cónyuges o hijos, que terminan  haciendo girar su vida en torno a la enfermedad. Ésta situación es comprensible y normal, pero termina traduciéndose en tensión y malestar por parte del cuidador, que descuida sus propias necesidades y cuidados.
En el momento del diagnóstico  y en el transcurso de la adaptación a una nueva situación, la noticia produce un gran impacto emocional que se traduce en sentimientos de tristeza, negación, rabia o ansiedad, entre otros. Y enfocamos nuestra energía en hacernos preguntas del tipo ¿por qué a mí? ¿En qué he fallado?… Sentimos la necesidad de socorrer y ayudar a nuestro familiar.
Y sí hay una idea clave que debemos tener en cuenta a la hora de cuidar de alguien, es aprender a cuidarse uno mismo, más y mejor; esto se hace imprescindible para mantener la propia salud y bienestar personal, así como para cuidar mejor de nuestro familiar. Un coche nos es muy útil y nos hace más sencilla muchas veces la vida, desplazándonos de un lado a otro, pero si no realizamos cambios de aceite, ruedas o llenamos el depósito, un día nos quedaremos parados en mitad de la carretera. Así somos nosotros, somos una máquina que necesita unos cuidados, tantos físicos, como emocionales, y si descuidamos estas necesidades, nos pasará lo mismo que al coche, no tendremos energía para seguir.
Sin embargo, muchos cuidadores piensan que es egoísta atender a sus propias necesidades cuando tienen un familiar que se encuentra en peor condición que ellos. Cuidar a alguien supone un desgaste de energía y cuando nos exigimos demasiado y nos olvidamos de nosotros, comienzan a aparecer unas “señales de alarma” que nos indican que no estamos bien, la situación nos agota. Algunas de estas señales son: dificultades para conciliar el sueño, sensación de cansancio continuo, problemas de memoria, aumento o disminución del apetito entre otras cosas.

fuente Infoelder ayuda a la tercera edad

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